viernes, 17 de agosto de 2007

María Teresa León en su libro “Memoria de la melancolía” escribe: “diariamente enterramos muchas cosas”.
Yo creo que estas palabras son ciertas. Diariamente sepultamos parte de nosotros mismos, algunos miedos, unos cuantos huesos mal acostumbrados, algún que otro sueño, algún que otro pensamiento. Diariamente nos desprendemos de inútiles conformismos, echamos tierra sobre ciertas miradas, más de un puñal, más de un asombro.
Diariamente, sin darnos cuenta, caen sudor, lágrimas, piedras enfermas.
Y casi todos los patíbulos y los verdugos y el olvido.
Esto nos ocurre diariamente y el oficio del poeta es desenterrar todos estos muertos, sacarlos a la luz, quitarles el musgo de las calaveras.
El oficio del poeta es arañar la tierra, apartar las larvas de las bocas, de los oídos, de las manos.
El oficio del poeta, el doloroso oficio del poeta, es volver una y otra vez a las tumbas sin sombras, sin flores, sin primaveras.
El oficio del poeta, es encontrar cadáveres incorruptos de cordilleras, de amores y de peleas.
Ese es su oficio, rodearse de niños sin nombre, de cal viva, de carne amoratada, de olor a cadáver.
Y mientras nosotros, ausentes, escondemos tanto y tanto desamparo, ellos, los poetas, esperan que caiga la noche pesada como mil noches y acuden silenciosos a arrancar los pedazos de desamparo que dejamos en fosas abiertas en cualquier parte.

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